
Bueno pues yo para que no se me vaya olvidando como huele el rebujito, cuando se ha desparramao to entre el suelo y tu vestido nuevo, pa que no me olvide del olor del albero, pa que me acuerde como suenan unas sevillanas me estoy entrenando aquí en la Feria y ese indescriptible olor a caballo, a cuero de los zahones y a agua sucia. Pero no es lo mismo: no hay un santuario donde cuando tengas ganas, ir a hablar con la Virgen; las casetas son tan cerradas; los trajes de flamenca no llevan botos sino zapatos de cuña que a mi particularmente me dejan los pies como un hueso de jamón, hay trajes con los que andar por El Rocío es más difícil que conseguir que mi hermana sobrepase el saldo de su móvil. En fin, que voy a la Feria porque una tiene la sangre festera y bailona de mis padres, pero me falta algo, un nosequé. Llega un momento que no me siento partícipe, sino espectadora. Y no puedo negar que estos días la compañía ha sido fantástica: mis amigos de Sevilla que me miman tanto, mi familia política, mi shorbi...pero de vez en cuando el pensamiento se me iba pa otro lado: para el sonido de un carro entrando por el camino de las gallinas, para la silueta de la ermita blanca recortada en un cielo azul.